Las Viudas // Charles Baudelaire

29 05 2011

[Este es uno de mis poemas en prosa favoritos de Charles Baudelaire]

 

Dice Vauvenargues que en los jardines públicos hay paseos frecuentados principalmente por la ambición venida a menos, por los inventores desgraciados, por las glorias abortadas, por los corazones rotos, por todas esas almas temblorosas y cerradas en que rugen todavía los últimos suspiros de una tempestad, que se alejan de la insolente mirada de los satisfechos y de los ociosos. En estos refugios umbríos se dan cita los lisiados por la vida.

A esos lugares, sobre todo, gustan el poeta y el filósofo de dirigir sus ávidas conjeturas. Pasto cierto hay en ellos. Porque si algún paraje desdeñan visitar, es, sobre todo, como insinué hace un momento, la alegría de los ricos. Tal turbulencia en el vacío nada tiene que les atraiga. Por el contrario, siéntense irresistiblemente arrastrados hacia todo lo débil, lo arruinado, lo contristado, lo huérfano.

Una mirada experta nunca se engaña. En esas facciones rígidas o abatidas, en esos ojos hundidos y empañados o brillantes con los últimos fulgores de la lucha, en esas arrugas hondas y múltiples, en ese andar tan lento o tan brusco, al instante descifra las innumerables leyendas del amor engañado, de la abnegación incomprendida, de los esfuerzos sin recompensa, del hambre y del frío soportados humilde y silenciosamente.

¿Visteis alguna vez en esos bancos solitarios viudas pobres? Enlutadas o no, fácil es conocerlas. Además, siempre hay en el luto del pobre algo a faltar, una ausencia de armonía que le infunde mayor desconsuelo. Se ve obligado a escatimar en su dolor. El rico lleva el suyo de bote en bote.

¿Qué viuda es más triste y entristecedora, la que tira de la mano de un niño, con el que no puede compartir su divagación, o la que está sola del todo? No sé… Una vez llegué a seguir durante largas horas a una vieja afligida de tal especie; tiesa, erguida, con un corto chal gastado, llevaba en todo su ser una altanería de estoica.

Estaba evidentemente condenada por una soledad absoluta a los hábitos de un solterón, y el carácter masculino de sus costumbres ponía una sazón misteriosa en su austeridad. No sé en qué café miserable ni de qué manera almorzó. La seguí al gabinete de lectura y la espié mucho tiempo, mientras que buscaba en las gacetas con ojos activos, quemados tiempo atrás por las lágrimas, noticias de interés poderoso y personal.

Al cabo, por la tarde, bajo un cielo de otoño encantador, uno de esos cielos de que bajan en muchedumbre pesares y recuerdos, sentose aparte en un jardín, para escuchar, lejos del gentío, un concierto de esos con que la música de los regimientos regala al pueblo parisiense.

Aquel era, sin duda, el exceso de la vieja inocente -o de la vieja purificada-, el bien ganado consuelo de uno de esos pesados días sin amigo, sin charla, sin alegría, sin confidente, que Dios dejaba caer sobre ella, quizá desde muchos años antes, trescientas sesenta y cinco veces al año.

Otra más:

Nunca pude contener una mirada, si no de universal simpatía, por lo menos curiosa, a la muchedumbre de parias que se apretujan en torno al recinto de un concierto público. Lanza la orquesta, a través de la noche, cantos de fiesta, de triunfo o de placer. Los vestidos de las mujeres arrastran rebrillando; crúzanse las miradas; los ociosos, cansados de no hacer nada, se balancean, fingen saborear, indolentes, la música. Aquí nada que no sea rico, venturoso; nada que no respire e inspire despreocupación y gozo de dejarse vivir; nada, salvo el aspecto de aquella turba que se apoya allá, en la valla exterior, cogiendo gratis, a merced del viento, un jirón de música y mirando la centelleante hornaza interior.

Siempre ha sido interesante el reflejo de la alegría del rico en el fondo de los ojos del pobre. Pero aquel día, a través del pueblo vestido de blusa y de indiana, vi un ser cuya nobleza formaba llamativo contraste con toda la trivialidad del contorno.

Era una mujer alta, majestuosa y de nobleza tal en todo su porte, que no guardo recuerdo de semejante suya en las colecciones de las aristocráticas bellezas del pasado. Un perfume de altanera virtud emanaba de toda su persona. Su faz, triste y enflaquecida, casaba perfectamente con el luto riguroso de que iba vestida. También, como la plebe con que se había mezclado sin verla, miraba al mundo luminoso con ojos profundos, y, gacha suavemente la cabeza, escuchaba.

¡Visión singular! «De seguro -me dije-, esa pobreza, si hay tal pobreza, no ha de admitir la economía sórdida; una tan noble faz me lo fía. ¿Por qué, pues, permanece voluntariamente en un medio en el que es mancha tan llamativa?»

Pero, al pasar curioso junto a ella, creí adivinar la razón. La viuda alta llevaba de la mano un niño, vestido, como ella, de negro; por módico que fuese el precio de la entrada, bastaba acaso aquel precio para pagar un día las necesidades de la criatura, o, mejor tal vez, una superfluidad, un juguete.

Y se habrá vuelto a su casa a pie, meditando y soñando, sola, porque el niño es travieso, egoísta, no tiene dulzura ni paciencia, y ni siquiera puede, como el puro animal, como el gato y el perro, servir de confidente a los dolores solitarios.

Anuncios




LA FARÁNDULA COMO EVENTO DE UN PRESENTE IRRECONOCIBLE

12 04 2011

Así el concepto de nación o de comunidad agrupa a aquellos que poseen algo en común, la farándula reúne a la escuela en torno a una temática y a una construcción del – como diría Alberto Cruz – nosotros, manifestaba en un recorrido que irrumpe o impacta a la ciudad, rompiendo la cotidianeidad del otro, en el instante en que su movimiento se paraliza o transforma por agentes distintos a los esperados.
El ritmo del semáforo, la velocidad de los autos, o caminar por la vereda, son actos urbanos adquiridos y respetados, por lo que nada ha de mostrarse como extraño en su seguimiento; sin embargo, la farándula aprehende lo sorprendente y en ello aparece el “extrañamiento”; no obstante ese “otro” no se apropia del nosotros, alejándose e intentando construirse en el reconocimiento de la causa de lo ajeno. En los actos callejeros publicitados el otro se reúne en torno a algo que sorprende en la medida de su forma y no de su fondo, es en lo re-conocido donde la ciudad se congrega, donde ya se ha construido un suceso de alteridad. Sin embargo, la farándula es todo su contrario al plantearse, como acto, la búsqueda del desconocido, luego sólo los niños – que también son extraños – son capaces de integrarse a ese nosotros, en su sin afán de presuponer un sentido de completitud en aquello que no lo presenta a quien no está dispuesto a involucrarse sin pedir de antemano algo a cambio, como los sucesos ubicados en los imposibles temporales (pasado y futuro)





Raúl Ruiz – Dialogo de Exiliados (1974)

26 02 2011

Siempre al ver una película de Raúl (o Raoul) Ruiz siento un pudor que produce lo críptico, no es un pudor de la desnudez del autor, porque no la percibo, no se me hace presente, sino que es un pudor de ver expuesta en su época chilena, el alma de una nación completa, la herida misma cruzando el tiempo. Y por otro lado, siento un poco de vergüenza, o bien, llaménlo pena, ante el desconocido y poca valoración de su trabajo más que de su figura en nuestro país, que se reduce a un circuito reducido y especializado. Este ostracismo, sea obligado o sea voluntario, es parte de la ignorancia generalizada de nuestra opinión acerca del cine y los realizadores chilenos. Aún cuando estamos en la época en que los medios de comunicación nos dan la posibilidad de manipularnos sin permiso, o con-figurar-nos nuestra propia opinión de lo que llamamos realidad, el acceso al panorama cinematográfico chileno olvida su propio decurso, niega la completitud de la memoria,  al negarnos la posibilidad de recorrer sus obras, de poder tenerlas “a la mano”.

La memoria es, en cierto modo, la puesta en valor del pasado. Es un ejercicio que implica un decurso, hallar el fragmento y reunir las partes, pero por sobre todo dar sentido a esas partes y aprender algo de ello. Es en ese ejercicio en el que se encuentra espacios como el Museo a la Memoria, en esa disposición del “nunca más” que tanto atesoramos como máxima regalada por el dolor.

 

poster

Raúl Ruiz es un exiliado, un expatriado (que a mi parecer es una palabra que lleva encerrada en su sentido el dolor de la no-pertenencia) cuya primera película habla de ese paso, de ese desprendimiento de la patria, de reconocer la cultura en la que se vive obligado jamás como propia, pero donde las lecciones no hayan lugar, porque todo es nuevo, y ante lo nuevo siempre hay un cierto miedo o rechazo. Dialogo de Exiliados nos muestra un rapto que, a mi parecer, poco importa. El hecho mismo es una excusa para mostrar al otro, que represente  el regimen que no se acepta, el regimen ladrón de la patria cuya fecha de devolución descansa tensamente. Esta latencia  se aloja finalmente en la  manifestación de esta tensión cultural entre la nueva patria y los expatriados.

Raúl Ruiz cuida de modo conmovedor la espacialidad de la historia. Es un film  altamente claustrofóbico, hacinado a tal punto, que los rostros se traslapan, los interlocutores excluyen al espectador, y con el pobre audio de la copia vista, hay también un exilio hacia quien ve por parte del exiliado. Esas “burbujas” interactuan en lo constreñido, esa condición espacial en que no se desatan los detalles, pero que refuerzan la historia a un punto de coherencia que emociona.

Dialogo de Exiliados muestra una herida que no se comprende por los mismos involucrados, que no se asume, que no se exterioriza. De ello, creo, nos hablan las tomas en exteriores, que envuelven al cuerpo, pero que siempre lo dejan en esa doble condición de turista – local, en que predomina la confusión de la primera. La ciudad (París) se nos muestra, pero los personajes no se apropian de ella, en esa tensión de lo que no cree, y tal vez no se quiere, como propio.

Justamente es la coherencia entre la formalidad espacial, la planta de movimiento corporales y de cámara con el guión, es lo que adolece el cine chileno contemporáneo. Raúl Ruiz nos muestra la película como unidad de calce y amalgama, como obra que se completa en el reconocimiento de las partes que participan de un todo posible de discutir, ver y entender. En que cada minuto se jutifica en pos de un “Acto de Habitar” que bien se puede nominar como el “Todo”.  Este reconocimiento debe entenderse como campo de estudio.





correo nº1

17 02 2011

chicos:

cuando volvía a casa algunas ideas llegaron, y siento la responsabilidad de devolverlas para que surjan, ante ustedes, como llegando.

El cine tiene buena salud, la buena salud de lo completo, de lo reciente, de lo completo. No es azaroso que su desarrollo y su experimentación vayan de la mano de un desarrollo teorico complejo más que de un desarrollo técnico, cuyos límites tienden a escaparse – como toda ciencia – de las manos de los descubridores. El cine, como arte, es un campo de expresión, pero por sobre todo, un campo de estudio. Es en él, donde hombre y mujeres, toman las demás artes y generan la convergencia de lo nuevo; pero como toda mezcla, cada expresión aparece, en lo unitario, como luces que desbordan en sus detalles. Así la pintura, el espacio arquitectónico, la música, y las otras artes se camuflan a favor de dar sostén, aparentemente, a un elemento matemáticamente inferior, pero expresivamente más rico que la suma de sus partes.
Con Wagner surgió el término de la “obra de arte total”, primero la música que desemboca en la opera, luego la arquitectura con la Bauhaus y su método de enseñanza integral. Hoy es el tiempo del cine.
Este tiempo de lo nuevo, tiene relación con una busqueda que es tan compleja como el hombre. La vivencia y la percepción de lo completo es una quimera. La matemática, expresada en el estudio de límites y fractales, respectivamente no nos niegan lo completo, pero si nos pone una barrera que nunca hemos querido asumir (el infinito), porque ante nuestros ojos aparecería lo relativo y lo ignorante que somos de aquello que sostenemos como realidad. “Creer” en lo completo, es asumir su inabarcabilidad.
El cine con su despliegue y su representacion bidimensional de un mundo tridimensional, asume las coordenadas propias del infinito, en la medida que es universo dentro del mismo. Este infinito transcurre en su propio proceso creativo, desde el instante en que no existe proyecto, a aquel en que la película se haya montada, lista para exhibir. Este proceso colocado en una recta numérica aloja un recorrido que puede ser descrito en los naturales del cero al uno. Está claro que ello (recorrido planteado 0 –> 1) es imposible, en tanto su recorrido nunca será acabado; sin embargo, si nos valemos del límite, ciertamente podemos cerrar en un punto que tiende a 1. Luego, la obra de arte nunca es conclusa, sólo tiende a un cierre. Caigo en la cuenta de ello, después de años que en la escuela dicho principio era manifestado.
La obra de arte completo entonces, no es la reunión de todas las artes, sino que es, la lucha de las expresiones por dar conclusividad a una historia, porque existe la esperanza de que con ello, podemos dar conclusividad a nuestra propia vida, en tanto nos definimos en la medida de que nos reconocemos bajo el criterio de alteridad; o bien, es un otro que permite la expresión del deseo de trascedencia, un testimonio de que hemos gobernado el misterio del alma y, por lo tanto, del (los) universo(s), mediante el arte.

Entonces los invito a ser testigos y actores de este desarrollo.

Sebastián Arancibia C.

p.s. si hay errores, falacias, contradicciones es parte de la escritura realizada en el momento.





carta de despedida de Virginia Woolf a Leonard Woolf

14 01 2011

“Me siento segura de estar nuevamente enloqueciendo. Creo que no podemos atravesar otro de estos terribles períodos. No voy a reponerme esta vez.
He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo loque me parece mejor hacer. Tú me has dado la mayor felicidad posible.
Has sido en todas las formas todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta que apareció esta terrible enfermedad.
No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí podríastrabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bondadoso. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. Nada queda en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destruyendo tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.”





Sin Título

14 01 2011

Los gobiernos interrogan si los niños gritan en medio de la noche, si un beso traspasó los límites de la cordura, si las calles están manchadas de sangre de pobres y enfermos, de indigentes o de prostitutas con labiales dorado o fosforescentes. Y en el amanecer la luz entre las cortinas, o un rayo de un punto o de una lámpara perdida o tal vez escondida y olvidada, hace brillar – fulminante – las pestañas postizas y las mejillas con maquillaje y lágrimas, con esa leve sonrisa del trabajo bien hecho, de mirar a un lado y ver que la paz de los ricos, desaparece en el cruce de la moral con las esquinas, en el cruce del placer perdido, en el cruce que resulta prueba y límite de las estanterías posibles de vaciar.





Sin Título

31 12 2010

Cargaban botes en el silencio de la noche, en el cobijo del faro, remando con sus aletas, cargando botes y pieles; botes, almas, brazos y recuerdos. Escapando lejos, llegando bajo las losas quebradas, escondiéndose en los aullidos de los lobos, en los escupitajos de los rostros feroces, o tras las fogatas a medio encender de borrachos que cantan rancheras y que en los cuartos, las exiliadas tararean anhelantes de historias cruzando su piel mientras miran, con los ojos perdidos, la vida cargar sus cuerpos en medio del gentío.
Qué gentío halla el rostro de los insufribles cuya piel se rasga como los vidrios cuando el frío golpea la puerta, cual pájaro en un portal que con sus alas eriza los cabellos de los ancianos y dibuja las sonrisas en los niños. Qué gentío hallaría el rostro y las manos que se aferran al recuerdo cuando tocaban otros dedos y otros brazos, ahora repartidos como conchas en el fondo del mar, como peces con escamas de petróleo, como luz que se disuelve, como el azul de los bordes, como el rosa del arrebol, como la naranjo de aquel regalo de una navidad, como el verde de la pradera de aquella tarde, tan limpia y verdadera, en la más absoluta soledad, sintiendo la vida abrir paso en su real magnitud, en medio de una isla cuyo horizonte atravesaba el cuerpo perdiendo la mesura, y la paz de la ausencia se arrojaba al precipicio en el tiempo de un saludo.

¡Cuanta paz necesitaba aquella tarde!

Los botes traían la lluvia y el desastre ¡Qué lluvia la de aquel día! Mojó mis zapatos y tu pelo cubierto con aquel gorro de un color que no recuerdo, pero un bello color. En él, cualquier mundo parecía tener una segunda chance de hacer peor las cosas, de cortar las manos de los huérfanos, de los delincuentes, de los chicos cuya vida aprecia el metal y su espíritu el aire de las colinas con ese leve olor que anuncia los barcos, los botes, o el silencio.